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¿Por qué apostamos peor cuando estamos emocionados?

Cómo apostar

Existen diferentes maneras de acercarse a una apuesta deportiva. Algunos lo hacen porque conocen profundamente un campeonato, estudian estadísticas y siguen constantemente a los equipos. Otros apuestan porque son hinchas, porque están viendo un partido o incluso sin tener demasiado contexto sobre los protagonistas. Pero hay otra forma de tomar decisiones que puede alterar por completo cualquier análisis previo: apostar desde la emoción.

Y las emociones pueden aparecer de muchas maneras. Está la confianza excesiva después de acertar varias apuestas, la frustración después de perder, las ganas de recuperar dinero rápidamente o simplemente el deseo de que nuestro equipo gane. El problema aparece cuando aquello que sentimos comienza a pesar más que aquello que sabemos.

Apostar como hinchas, desde el corazón

Ser hincha probablemente sea uno de los ejemplos más claros. Cuando existe una conexión emocional con un club, es fácil convencernos de que nuestro equipo puede ganar incluso cuando las condiciones del partido indican algo diferente. Al final, querer que un equipo gane y considerar que tiene mayores probabilidades de hacerlo son dos cosas distintas.

Ahí pueden quedar relegadas variables que normalmente deberían formar parte del análisis: el rival, la localía, las ausencias, las posibles alineaciones, el momento de ambos equipos o incluso lo que cada uno se juega. Conocer perfectamente a nuestro club tampoco significa necesariamente analizarlo con objetividad.

Esto también puede ocurrir en sentido contrario. Una mala racha puede hacernos desconfiar demasiado, así como una victoria importante puede generar una confianza que posteriormente trasladamos al siguiente partido, aunque el contexto sea completamente diferente. La emoción termina modificando nuestra percepción del riesgo.

Cuando apostar se convierte en una reacción

Existe otro escenario más delicado y que ya no tiene relación con ser hincha. Después de perder una apuesta puede aparecer la necesidad de recuperar inmediatamente ese dinero y, con ella, la impulsividad. Entonces empiezan a aparecer apuestas que probablemente nunca habríamos considerado en condiciones normales.

Puede ser un partido de una liga que desconocemos, un encuentro de tenis entre jugadores que nunca hemos visto o cualquier otro deporte simplemente porque existe un mercado disponible en ese momento. En disciplinas con acciones y mercados rápidos, esa posibilidad de volver a apostar casi inmediatamente también puede facilitar decisiones impulsivas.

Intentar recuperar una pérdida apostando nuevamente tampoco garantiza recuperar el dinero. Por el contrario, puede generar una cadena en la que cada resultado aumenta la necesidad de realizar otra apuesta. Si apostar deja de ser una decisión controlada y aparece ansiedad, dificultad para detenerse o una necesidad constante de recuperar lo perdido, lo responsable es detenerse y buscar ayuda.

Las emociones también hacen parte de la apuesta

No se trata de pensar que podemos eliminar completamente las emociones. Somos hinchas, celebramos cuando acertamos y sentimos frustración cuando perdemos. Lo importante es evitar que esas sensaciones sean las que decidan la siguiente apuesta.

Antes de jugar conviene volver a las variables que sí podemos analizar: estadísticas, contexto, localía, ausencias, posibles alineaciones y características del rival. También hay que asumir una realidad básica de las apuestas deportivas: unas se ganan y otras se pierden.

Apostar responsablemente también significa reconocer cuándo nuestras emociones están condicionando una decisión. Porque algunas veces el mejor análisis puede llevarnos a elegir un mercado, pero otras puede conducirnos a una conclusión todavía más sencilla: ese partido es mejor dejarlo pasar.

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