Seguramente te ha pasado. Tu equipo comienza perdiendo y, aunque todavía queda tiempo, sientes que el reloj avanza más rápido de lo normal. Primero dices que puede empatar. Después criticas los cambios, reclamas una falta que nadie más vio y terminas prometiendo que no volverás a sufrir por fútbol. Sin embargo, sigues mirando porque, por más frustrado que estés, tampoco quieres abandonar a tu equipo cuando las cosas van mal.
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El marcador juega con nuestra cabeza
Cuando tu equipo va perdiendo, no sientes que estás observando un problema ajeno. La camiseta, los recuerdos y los momentos que has compartido con otras personas hacen que el resultado se vuelva personal. Sabes que no estás dentro de la cancha, pero una mala entrega puede producirte rabia, ansiedad o una sensación de impotencia difícil de controlar.
Entonces comienzas a buscar responsables. Puede ser el árbitro, el entrenador, el delantero que desperdició una oportunidad o el defensor que perdió la marca. No significa que hayas dejado de entender el fútbol. Es solamente una manera de encontrarle una explicación a algo que te duele y que no puedes cambiar desde el lugar donde estás viendo el partido.
La final de la Liga Colombiana de 2024 entre Santa Fe y Bucaramanga mostró perfectamente esa montaña rusa. Los seguidores del equipo santandereano pasaron de sentirse cerca de su primera estrella a ver cómo Santa Fe igualaba la serie durante los últimos minutos. El partido terminó 3-2 y el título tuvo que resolverse desde el punto penal. Bucaramanga ganó la tanda 6-5, pero antes de celebrar, sus aficionados sintieron que el sueño podía escaparse.
Por eso no deberías sentirte extraño cuando un partido cambia tu estado de ánimo. El cuerpo también participa: aumenta la tensión, cuesta quedarse quieto y cualquier interrupción parece eterna. Lo importante es recordar que sentir el partido no significa permitir que el resultado controle todo lo que viene después.
Esa jugada que nos hace volver a creer
Lo curioso es que no necesitas el empate para recuperar la esperanza. A veces basta con un remate al arco, una atajada, una expulsión o un gol que reduzca la diferencia. En ese momento vuelves a sentarte derecho, miras el reloj y haces cuentas. El partido sigue igual de complicado, pero tú ya no lo estás viendo de la misma manera.
Liverpool vivió algo parecido frente a Barcelona en las semifinales de la Champions League de 2019. Llegó al encuentro de vuelta con una desventaja de 3-0, pero el gol de Divock Origi en el minuto siete cambió la energía de Anfield. El equipo inglés terminó ganando 4-0 y completó una remontada que parecía imposible. Aquel primer gol no resolvía la eliminatoria, pero les devolvía a sus aficionados una razón para creer.
Cuando aparece esa posibilidad, hasta nuestra forma de interpretar las jugadas cambia. El pase que antes parecía inútil ahora puede iniciar un ataque. Cinco minutos dejan de sentirse insuficientes y cada tiro de esquina parece definitivo. La esperanza regresa porque volvemos a imaginar que todavía puede suceder algo.
Claro, no siempre llega la remontada. Algunas veces el partido termina y queda el silencio, la rabia o esa frase que seguramente has repetido: “El próximo no lo veo”. Pero sabes que probablemente no será cierto.
No necesitas dejar de sentir el fútbol para protegerte de una derrota. Solo necesitas recordar que perder un partido no borra todo lo anterior ni merece quedarse con el resto de tu día. Al final, ser hincha también consiste en aprender a soltar el resultado y volver a creer cuando llegue una nueva oportunidad.




















